Revelar la memoria

Otra vez fotografía. Otra vez desde los contornos del frío. Otra vez una noticia al vuelo y a divagar sobre memorias y visiones, sobre lo que nunca llegaremos a conocer bien del otro por cercano que sea, sobre el talento que no vio la luz a tiempo o no la quiso ver. Tal vez también sobre la violación de la privacidad. Muchas cosas otra vez.

La noticia cuenta el hallazgo en 2017 de más de dos mil negativos de película fotográfica en un ático de San Petersburgo (antigua Leningrado) donde residió Masha Ivashintsova, ciudadana anónima y difunta en el año 2.000 de la que su hija, Asya Ivashintsova-Melkumyan, descubridora del material sensible y oculto, conoció su afición natural a la fotografía, pero nunca imaginó ni el volumen de sus disparos ni que éstos realmente se registraran sobre un negativo, mucho menos qué buscaba la mirada de su madre tras el visor de la cámara.

Seguramente hoy no resulta especialmente llamativo que, tirando de megapíxeles digitales, se alcancen los dos mil disparos en un lapso razonablemente reducido de tiempo y aquí estamos hablando de imágenes que fueron tomadas durante dos décadas, principalmente la de los 70 y la de los 80, eso sí, sobre pátinas de haluros y bromuros de plata impregnados en película plástica. Nada comparable.

Tras el descubrimiento, su hija decide -no sin recelos- comenzar a revelar los negativos y descubre una mirada desconocida para ella. Siempre supo del gusto de su madre por encuadrar instantes cotidianos, tomarle el pulso al latido de la ciudad, pero nunca imaginó una mirada tan singular hacia la vida. Y ciertamente lo es o a mí me lo parece cuanto menos. Más allá de la calidad técnica -de la cual no puedo opinar- son imágenes que consiguen transmitirme esa espontaneidad, esa belleza de las cosas que suceden en el vivir o sobrevivir de cada día y que tantas veces pasan desapercibidas, una idea, una búsqueda, un concepto. Se pueden ver algunas en una cuenta de instagram que supera a día de hoy los 18K de seguidores -eso tampoco es indicativo de nada en concreto más allá de que ha despertado interés curioso o nostálgico- y también en una página web abiertas ambas por su hija en un esfuerzo -dice- por lograr el reconocimiento que su madre merecía.

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Dice también que la primera reacción fue de rechazo y tristeza por el recuerdo avivado de la madre diecisiete años después de su muerte, pero que poco a poco fue como ir descubriendo una parte de ella que nunca llegó a conocer. Achaca este desconocimiento parcial a que ella (su madre) nunca se consideró con talento para la fotografía y siempre la redujo a un pasatiempo -apenas reveló unos pocos negativos en su vida- con el que se divertía. Cómo saberlo ahora. Tal vez fuera así y nunca tuviera ganas o recursos o oportunidad o valentía para someter a juicio su trabajo fotográfico. Tal vez valga esa justificación desde la óptica de una época en que todo tiende a mostrarse, en la que todo tiene que ser publicado para que exista -¿o para sentir que existimos?- y no se concibe demasiado el hecho de que alguien guarde su pasión en un cajón porque considere que el deleite no está en el resultado sino en el acto creativo en sí. En el momento liberador y privado del hallazgo visual, de la lectura que toca las fibras y emociona, del ‘lo he visto y con eso me basta, ahí estaba mi felicidad momentánea, con eso me he olvidado del frío, del racionamiento, de las horas largas en los entrenamientos de bailarina que no llegué a ser del todo, de la grasa de los ascensores que también he reparado. Del no necesito revivirlo porque hay más instantes así y los buscaré distintos’.

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Puede que lo que acabo de decir sea una tontería incompatible con cualquier definición de arte, que lleva implícita su muestra para que pueda ser apreciado. Pero ¿y si no consideró esas imágenes como el arte que algún día sí le gustaría mostrar y simplemente eran ensayos, emociones a vuelapluma, recreo para la mirada? Dice -la hija- que siempre vio a su madre como un ser frágil y falto de una voz interior. Viendo las imágenes, a mí me parece -desde la creencia idiota de quien no conoce los hechos ni la vida privada y se atreve a opinar, está claro- que esa voz siempre estuvo en su forma de mirar y que posiblemente ese rechazo inicial hacia el hallazgo estuviera motivado por no haber podido o sabido verla durante tantos años. Largos tiempos en que se dan por sentados unos roles, unas funciones, unas rutinas que acaban por descartar capacidades y sensibilidades que ni siquiera nos preocupamos en explorar en seres que tenemos bien próximos. No es tan infrecuente y menos debió de serlo en la época de la URSS tan dada al gris mediocre en aras de un reparto “igualitario” y escaso, sin que eso sirva de guiño o simpatía hacia el sistema neoliberal que consigue el mismo efecto, pero con altas dosis de ilusión de libertad de elección. Sea como sea, el hecho de descubrir una faceta oculta de un ser querido debe de plantear una serie de interrogantes que no han de ser de fácil digestión, de si realmente llegamos a conocer del todo a quien tenemos más cerca, la pulsión que le mueve cuando cierra los ojos, cuando deja la mirada perdida y se marcha dejando el cuerpo en alguna tarea autómata o en una compañía anodina. De si no lo supimos ver porque lo ocultó a conciencia o porque ni siquiera nos llegamos a interesar de verdad.

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Todo esto me lleva a una reflexión final que no es nueva, pero que me ha vuelto a asaltar mirando estas fotografías: el derecho a la privacidad de la memoria de los que ya no están. Evidentemente soy uno de los voyeurs que ha disfrutado con la visión de estas imágenes que finalmente han visto la luz y no dudo del esfuerzo y las buenas intenciones de su hija a la hora de publicarlas. ¿Su madre pensaría lo mismo? Dice que sí, que estaría agradecida por todas las atenciones que finalmente está recibiendo su trabajo y si alguien puede decir eso hoy es ella. Pero a mí siempre me queda un resquicio para la duda. Si quiso mantenerlo en la oscuridad de un cajón en vida, por qué iba a querer que se vieran una vez muerta. Me pasa lo mismo con esas publicaciones que cada cierto tiempo se reeditan y que ahora parecen cobrar aún más interés para el público: los libros con diarios personales o correspondencia privada entre gente que se dedicó al mundo de las letras sobre todo, pero también a otros menesteres artísticos. Pienso por ejemplo en las cartas íntimas de Emily Dickinson o las de Sylvia Plath que tal vez ayuden a comprender una personalidad, pero hasta qué punto no se está profanando con su publicación esa voluntad de secreto, de relato íntimo, de necesidad de desahogo o liberación puntual con las que las concibieron sus autoras. Hasta qué punto nos acaba importando un carajo la voluntad de los que ya no pueden protestar a cambio de saciar curiosidades, redenciones -o ingresos por ventas también en algunos casos-.

Otra vez demasiadas cosas tal vez.

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Cerrar los ojos

Abrid los ojos. Dicen los gurús de internet y las cosas volátiles que en cinco años -sólo cinco, oye, con suerte aún nos dará para ganarnos algunas arrugas más, pero así, a peso esencial, seguiremos siendo reconocibles para nuestros conocidos- el 90% del contenido que circulará por la red será en formato video y se consumirá en movilidad. Dicen que la verdadera revolución está viniendo y vendrá de la mano de eso que llaman internet de las cosas, pero sobre todo de la inteligencia artificial unida a la VR, la realidad virtual que ha de permitir vivirnos más allá de esta dimensión física con la que pisamos los suelos que nos sustentan, superar esa virtualidad que aún hoy miramos con cierto recelo o como algo secundario sin terminar de comprender que virtual puede ser no físico, pero sí es real. Que cuando esa virtualidad se aproxime a lo físico vamos a tener experiencias para gustos y colores. Y para niveles de renta también, a buen seguro. Visitar lugares remotos, museos, charlar con familiares o amigos en la distancia como en una cafetería o el salón de casa. Qué decir de un beso o de las experiencias sexuales a la carta. Todo estará en dónde se ubiquen los sensores y las representaciones que generen. Es una cuestión de inversión para su desarrollo y quien está invirtiendo tiene la sartén, la pasta y nuestros datos por el mango (un tal Zuckerberg quizá os suene). Más allá de las cuestiones éticas o de moralina que pueda suscitar el tema y que ahora mismo no me interesan en absoluto, quién se atreverá a decir entonces que todo eso no será real. Si mis terminaciones nerviosas dicen que eso que me eriza el vello es una caricia y en mis sofisticadas gafas hay, de soslayo, una mano que llega por la espalda y juega con la mía, ¿será una caricia? En sentido contrario, ¿habrá sesiones avanzadas de coaching para la gestión de los enemigos en redes sociales por si las peleas y los insultos de Twitter llegan a las manos, por ejemplo? ¿Botones para el control del daño?

Pero como pretendido hacedor de contenido escrito lo que realmente me plantea todo esto es dónde va a quedar la palabra impresa o digital en un mundo dominado por la imagen en movimiento y representaciones realistas de la realidad. Creo que puedo responderme e imaginarle un espacio cada vez más reducido. Y lo que más gravedad me suscita es el menoscabo al que también se puede acabar sometiendo a la abstracción que genera la lectura o los simples ojos cerrados dando protagonismo al resto de los sentidos. A la imaginación. Hoy, curiosamente, encontraba un artículo que habla de cómo la ‘dictadura’ digital está afectando también al predominio del hemisferio izquierdo del cerebro sobre el derecho, el que permite la comprensión global y nos conecta al mundo. Y en ese mundo cada vez más acelerado y multipantalla los reclamos visuales habrán de ser (están siendo) cada vez más intensos para que no decaiga la atención ni la posibilidad de compra. Desde hoy, por ejemplo, ya se puede comprar directamente desde Instagram en España y en Estados Unidos, Pinterest genera directamente con su botón de compra (aún no disponible en España) el 50% del comercio online. ¿Qué no pasará con las experiencias mucho más inmersivas de la VR adaptadas a nuestros gustos explorados y jaleados por los Big data?

No hace mucho una amiga me recomendó la película documental La teoría sueca del amor, impactante y de obligado visionado para quien quiera reflexionar sobre la plaga de soledad generada por la mayor idea de liberación individual de la historia. El documental muestra un movimiento de reacción a esa soledad cuando numerosos jóvenes huyen al campo o al bosque a simplemente disfrutar abrázándose, acariciándose, tocándose. Si me he acordado de esta buenísima recomendación es porque me ha hecho pensar, retomando el hilo del artículo (y no es que la soledad vaya a ser algo menor en este escenario) en que tal vez no sea casual el resurgir de experiencias como el Teatro Ciego de Buenos Aires al que acuden los espectadores buscando alivio al exceso de información visual, explorar las sensaciones en lo oscuro. Pequeñas dosis de resistencia incipiente.

Así que pensando pregrinamente en todo esto, y a modo de suplicio voluntario, dejo esta pequeña reivindicación en forma de poemas leídos -la palabra escrita la considero suficiente si llegó hasta aquí la lectura- sin ninguna imagen ni contexto. Los cinco últimos textos que he publicado en Instagram. Narración simple. Cerrar los ojos o no ya no depende de mí.

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Tres poemas breves para un cuento largo

POEMA DE DUCHA

 

Besarse

tus ojos y los míos -ten paciencia-

más pronto o más tarde,

por la ley que iguala el amor

y las tristezas que se vierten

por los desagües.

 

 

POEMA CIRCULAR

 

Empezar por la boca,

porque caben todas

las palabras y el silencio

de un amor.

Por la boca

terminar porque deja

el punto carnal y seguido

al texto que urge

la circunferencia.

 

 

POEMA NIMIO

 

Pequeña bella nimiedad,

tú descalza

trazando los perímetros

espirales,

los círculos concéntricos

de mis soledades.

 

Elogio del frío

Fue hace unas semanas, quizá algún mes -el tiempo presente se me emborrona últimamente- cuando encontré en una publicación de Twitter la historia de Slava, el metereólogo ruso Viacheslav Korotki, quien realizó, durante trece años y hasta su cierre, las tareas de medición de temperaturas, lluvias y vientos en el puesto ártico de Jodovarija, justo en medio de la nada, a una hora de viaje en helicóptero del núcleo habitado más próximo.

Siento fascinación por los lugares de climas extremadamente fríos, sus espacios despoblados donde casi puedo sentir la agitación de la respiración ante las temperaturas que parecen sesgarla, la invitación a la introspección en medio de la magnitud del silencio, la densidad de las noches interminables, apreciar el calor corporal como un hogar en el que cobijarse, notar la piel en guardia sensible. Una belleza de tierra indómita que pone al ser humano en su medida primigenia, no muy diferente a la de las manadas de lobos que cruzan ese desierto blanco. Quizá sea porque nunca he tenido la oportunidad de visitar alguno de esos lugares más allá de mi imaginario y sentir sus rigores, no digamos vivir en ellos de forma continuada, pero a pequeña escala mediterránea puedo decir que encuentro un acomodo interior en los inviernos que nunca hallo en los veranos y que las imágenes que son capaces de captar esa épica gélida me sobrecogen y me emocionan con extraordinaria facilidad. Y las que acompañaban esa historia eran para dejarse llevar y encontrarse en medio de la península de Barents y estremecerse por un sentimiento de plenitud en una soledad elegida. No me costó nada postrar la mirada en las fotografías que Evgenia Arbugaeva, una joven fotógrafa nacida en Tiksi, en la zona ártica de Rusia, realizó para el diario estadounidense The New Yorker en The weather man. En el año 2015 Evgenia llegó cargada de agasajos pensando encontrar un viejo lobo huraño. Sus imágenes muestran que no era del todo así, que hay mucho más que eso tras la mirada y los espacios donde habitó Slava y lo hace con una sensibilidad excepcional para captar los elementos mínimos que ponen a trabajar a los sentidos y a la imaginación. La mía construyó una historia que atravesó la línea de mi asombro y mi curiosidad.

No pude dejar de indagar en la vida de Slava y en la fotografía de Arbugaeva. A Slava se le pierde la pista desde el mismo momento en que deja de ser noticia por esas fotografías y se quedó de nuevo a solas en su búnker cuya construcción databa de 1933. Fue finalmente cerrado y sustituido por una estación automática hace poco más de un año. De la fotógrafa me encandilaron sus series y dos de ellas especialmente, Tiksi y Forever beautiful.

Trece años viviendo en esas condiciones extremas, en ese aislamiento vital, en un proceso que debe asemejarse bastante a una aculturización o a un desaprendizaje social adquirido que a mí se me antoja cada vez más necesario. La vida de Slava podría ser el guión para una película que abordara aproximaciones más que interesantes hacia la condición humana, la propia existencia, las relaciones personales y la relación del ser humano con la naturaleza. Casado en la distancia, Slava cada vez fue soportando menos la vida urbana en las contadas ocasiones en que la frecuentaba. Me pregunto si hay amor capaz de atravesar ese abismo congelado incluso en la cercanía y sobrevivir. Tal vez el único amor que pueda hacerlo sea el amor a la libertad, porque, como la propia Arbugaeva declaró al diario estadounidense, la de Slava fue una decisión consciente, coherente con su actitud vital: “Fui con la idea de un ermitaño solitario que huyó del mundo por algún drama que vivió, pero no fue así. El hombre se pierde en la tundra, en las tormentas de nieve. Es como si él fuera el viento, o el propio tiempo”.

Puede que algún día encuentre algún libro, documental o película que narre en detalle o ponga ficción a la vida de Slava. ¿Qué será de él? Yo sólo he podido encajarlo perdiéndole el rastro en un poema de una serie todavía en construcción que quiere hablar del frío y de algunas de esas cuestiones que antes mencionaba.

Sigo sin noticias de Slava,

no contesta en el equipo de radio, ya

no escribe cartas

a veinte grados bajo cero.

Grados Celsius -aclaraba-,

para Farenheit

suma treintaidós

a nueve quintas partes de frío.

Todo puede matizarse con tiempo,

los tonos del blanco, los grados

de silencio, el murmullo

de las miradas. Tú, yo,

la existencia entera

puede laminarse hasta no ser

más que construcciones inestables

de palillos

en sus manos.

Caer

en otro día de tormenta y lobos

rondándome la carne, el tiempo

se ha muerto en esta estepa.

Viento norte, humedad

relativa en las entrañas, sigo

sin noticias de Slava.

Tengo que decírtelo o reviento,

me he bebido la aurora boreal entera

a tu salud, ya ves,

yo también te escribo

para encontrarme conmigo

a solas.

No me busques ahí cuando ya

no lo haga. Sigo sin noticias

de Slava.

Te mando un beso desesperado,

creo que no va a volver.

Su mujer tampoco

sabe nada.

Por dónde sigo

No lo sé. Hace tanto tiempo que no escribo por aquí que he perdido el hilo y el ritmo al tipo de textos con los que quería dotar de cierta consistencia al blog. Está claro que no lo he conseguido ni, siendo honesto, creo que pueda lograrlo, por lo menos en una temporada. Supongo que, a veces, tomar decisiones que trastocan totalmente el modo y el ritmo de vida con el que has conseguido cierta solvencia y madurez, más que a encontrar un nuevo camino placentero inmediato, consiguen un bello y desasosegante estado de caos del que creo que estoy empezando a recuperarme en su parte de desasosiego cuanto menos, aunque tampoco podría asegurarlo mi humor cambiante.

Leo lo último que escribí y constato que en eso poco ha cambiado. Pasan los meses como si nada y nada es lo que pasa. He contactado con un par de locales para realizar una presentación informal del libro y, después de muchas y dilatadas idas y vueltas de correo, gentilmente declinan mi ofrecimiento a rellenar algún hueco por discrepancias con la política de representaciones. Yo sé a qué tipo de discrepancias se refieren aunque no lo digan abiertamente y no son artísticas. Más que desmotivarme han conseguido el efecto contrario, así que vuelvo a intentarlo con el mejor de mis ahíncos. Porque me apetece, porque creo en lo que escribo a pesar de sus taras y de sus flaquezas que no son muy diferentes a otras que concurren con mejor suerte que la mía en este mundillo en el que pesa el efecto Pigmalión más de lo que creía, porque se lo debo a Luisa aunque ya no esté y creo que merecen también ese esfuerzo las personas que me han cedido su trabajo para acompañar el mío: intentar que llegue un poco más, que se lea, se escuche y se vea un poco más. A esa obra van mis manos también ahora.

Han pasado otras cosas, por supuesto. He conseguido poner en pie, y más o menos en los plazos que había previsto, la estructura de la actividad con la que intentaré llenar la despensa y pagar las facturas -la poesía nuestra de cada día-. Ya que estamos hago un hueco para unas letras de autopublicitación justo aquí. Nunca se sabe… En el camino -que es lo que de verdad quería explicar- me he encontrado leyendo a deshoras, escribiendo muchas veces a las tres de la mañana, dándole vueltas a ideas, llenando las papeleras digitales de borradores, de dudar de casi todo, de encontrar motivos para bajarme del mundo, pero también para la confianza en uno mismo y en las personas que merecen la pena. Durmiendo poco. Es curioso cómo en ese proceso desordenado, rayano en la bipolaridad emocional, cuando más se agradecería hasta creer en una palabra manida de ánimo o de fingido interés siquiera, se aparta gente que en otro tiempo pidió ayuda y favores, incluso te reía gracias que no la tenían como una especie de no sé qué contraprestación que nunca pedí. De repente dejas de ser útil y dejas de existir, literalmente. En estos casos, la magnitud de los problemas es directamente proporcional a si los padece uno o no, everybody knows, y, amigo, “tú te lo has buscado”. Efectivamente, lo he querido así. Y me alegro. De su desaparición también.

Todo esto, que más bien puede tener un interés escaso para quien pueda leer el texto, viene a cuento porque me ha permitido explorar lugares de la imaginación que desconocía, a disfrutar de un tiempo dilatado en el que incluso he llegado a conseguir esporádicamente no hacer nada sin sentirme mal. A juntar más de sesenta poemas que he escrito más a conciencia que nunca y de los que me siento satisfecho por la forma en que he conseguido construirlos, sacando de donde no había apenas nada; a empezar a escribir los primeros textos de un delirio poético con hilo narrativo que me llena de ilusión y me hace viajar un poco cada día. Creo que he aprendido a tener menos prisa de la que tenía, a ponerle el ritmo que me apetece a lo que voy publicando, a hablar con tres gatos en la soledad casera de las mañanas. A disfrutar de lecturas nuevas, de buen cine, de fotografía inspiradora, todo en un amalgama de horarios inconexos, de una continua invitación al desorden del que creo que he conseguido extraer algo nuevo y positivo para mi forma de escribir. No sé si conseguiré rentabilizarlo en textos poéticos, si se percibe en lo que he ido publicando en los últimos meses, pero sólo el hecho de disfrutarlo ya ha merecido la pena.

Me gustaría decir que en breve podré terminar textos que tengo a medias para este blog y nuevas ideas y recomendaciones sobre poesía y poetas que tengo en mente, pero no lo sé. Será, a buen seguro, pero no sé cuándo volveré a retomar el hilo que ahora corto aquí, así, tan bruscamente.

El club de los poetas vivos (y II)

La segunda aportación que hago al concurso de poesía #elclubdelospoetasvivos es un trayecto febril y desértico.

Un día con fiebre iba

camino de la nada

en un deslumbrante

vehículo americano.

En América no tienes

problema para eso,

tampoco aquí. Hay nada

en cualquier parte,

por todos lados. Tantas veces

nada en las calles abarrotadas,

en los yermos arrabales,

nada en los ascensores,

en las oficinas, en los horarios,

en las miradas. Nada

en las carreteras que acaban

junto a la frontera. Nada

en las banderas.

En el centro del desierto

iba acelerando

hasta el límite mismo de una huida

en ese coche gigantesco,

treinta y nueve grados,

y mis veinte primeros años

desparramados por la piel blanca

de la tapicería,

mandando whatsapps al futuro,

desquitándose el agravio

de su analógica existencia.

Emoticonos enrojecidos

de mis cuarenta y largos contestan

con resignación y extrañeza,

cuarenta grados, derrapo.

Busco hielo en el mini bar

y el corazón me muestra

botellas mínimas

de un alcohol amargo

y alegre cuando pienso

en la vida deshecha en mercurio

por mis manos.

Exudo cuarentaiún grados,

resbala el cuerpo y comprendo

que no es grave la nostalgia

si entendiste la despedida.

A la hora de volver

todo es lengua trabada,

sombra descosida, un otoño

verdoso por el retrovisor

se asoma a tus ojos.

Bendigo el cambio automático,

bendigo ese paisaje

que no hace preguntas al llegar

a los treinta y seis grados,

al aire limpio, al hueco

para el beso

que se sacude la arena

y el reloj de los labios.

El club de los poetas vivos (I)

Para todo, o mejor para todo lo que podamos abarcar en la vida, siempre habrá una primera vez. Para participar en un concurso de poesía también. Y ésta es la mía. Mi primera vez después de una afición de tantos años y mi aportación humilde a #elclubdelospoetasvivos.

Sentado en la terraza

de uno de esos bares que un día

tuvieron poesía en las paredes y hoy sólo

tienen el lustre decorado de un verso

que no grita ni duele, sólo susurra

como se tararea en la ducha para bailar

con el silencio de la desnudez.

Pienso en esas cosas esperando la bebida

bajo el sol del universo que ilumina y ensombrece

a los transeúntes

y pienso en ellos

bajo una ducha de luz clamorosa,

desnudos, silbando un himno revolucionario

que componen mientras bailan

y aman todas las cosas que pisan.

Todas las cosas que sienten

y todas las cosas que odian.

Aman las hipotecas y los alquileres

y los precios por las nubes,

las horas extraordinarias en el trabajo

que nunca se pagan porque el oro

no detiene el tiempo que también aman

en esos relojes caros. Un perfecto

acto de amor es esa luz sobre mí mismo,

que quiero amar al camarero

en el mismo instante en que aparece

con la bandeja que es oro irradiado,

la bebida y la cuenta.

A quién le importa el dinero

habiendo ahí mismo la luz precisa

que crea y extingue el mundo.

Cinco euros y una cerveza caliente

por el placer de mirar a los ojos paganos

del dios de los poetas.

Y nadie me creerá porque no tenía

ni una cámara ni un móvil barato

ni cinco euros ni ropa ni cuerpo,

pero pienso en esa luz

constantemente

cuando derramo las palabras por lo oscuro,

cuando sangro los espacios

de tu soledad y la mía, cuando promulgo

la desnudez como arma, la coronación

carnal de los labios.

La poesía que no se entiende

A principios de este mes fallecía John Ashbery, quien es considerado uno de los poetas norteamericanos más importantes de los últimos tiempos, dejando huella además por su forma genuina de abordar el lenguaje poético.

“La principal preocupación del poeta es dar vida a la obra de arte de tal manera que resulte imposible intentar explicarla”. John Ashbery, 1972.

Según decía, comenzaba sus versos desde un plano puramente sensorial que desembarcaba en lo emocional. Si había de llegar la comprensión sería con posterioridad a la composición. Esta forma de abstracción en poesía dio lugar a poemas como éste:

Un humor de tranquila belleza

La luz de la tarde era como miel entre los árboles
cuando me dejaste y caminaste hasta el final de la calle
donde terminaba abruptamente el crepúsculo.
El puente levadizo, similar a un pastel de boda, descendió
hasta la tímida flor del nomeolvides.
Tú subiste a bordo.
Ardientes horizontes pavimentados de pronto con piedras de oro,
sueños que tuve, incluyendo el suicidio,
soplan el globo de aire caliente y lo alejan.
Está reventando, está a punto de reventar
con algo invisible
justo durante estos días.
Nosotros escuchamos, y a veces oímos,
algo que se acerca

y hacemos que la sangre descienda, y cosas así.
Los museos se tornaron entonces generosos, y vivieron en nuestro aliento.

Más allá de la inteligibilidad de los versos de Ashbery existe un cierto debate sobre la poesía que comunmente se define como “difícil”. Seguramente ese grado de dificultad esté relacionado con la capacidad de percepción, en la habilidad y el entrenamiento para leer poesía, igual que se requiere habilidad, costumbre y amplitud de sensibilidad para mirar cualquier forma artística que escape a la figuración pura. Andreu Jaume lo describe muy bien citando a Elliot en su artículo para El País: “Elogio de la poesía que no se entiende” y del que he tomado parcialmente el título de esta entrada.

“Toda gran poesía comunica antes de ser entendida”. Pero no se refería tan sólo a la poesía que comúnmente se define como difícil, sino también a muchos poemas aparentemente sencillos que en la vida de uno tardan mucho tiempo en desplegar todo su sentido.

Efectivamente, de eso va la poesía de comunicar con el lenguaje más allá del sentido, pero en eso también hay un riesgo de sacralización, de enrocamiento en la equiparación de que “poesía culta” es igual a “poesía difícil”. Un verso críptico no es mejor  que otro que pueda utilizar una secuencia lógica o usual del lenguaje por el mero hecho de utilizar un lenguaje complejo. La experiencia del lector puede puede ser tan enriquecedora en un caso como en otro. Creo sinceramente que lo importante de la poesía es que no sea artificial en el sentido de que tiene que surgir con el lenguaje con el que el poeta la siente, es decir, sin buscar complicaciones innecesarias que buscan el guiño del crítico y la autocomplacencia. Si Ashbery sentía así la poesía y lograba plasmarla de forma que transmitiera de esa forma magistral, fantástico. Pero creo que corren demasiados aspirantes a Ashbery impostando versos.

El poeta Manuel Vilas hace referencia a esto mismo hablando del caso de la poesía española en un artículo que también publicó El País, en este caso, hablando de la “poesía juvenil” que triunfa ahora.

Desde la muerte de poetas como Rafael Alberti, Jaime Gil de Biedma o Ángel González, la poesía no tiene protagonismo mediático. Los poetas cultos bajaron las persianas de su pequeño negocio y le dijeron adiós a todo. Le echaron la culpa al mundo. ¿Para quién escribir entonces? Imagino que para Dios. Luis García Montero, con razón, lleva años reclamando un espacio civil para la poesía, para sacarla del espacio eclesiástico en donde está recluida.

No deja de ser una cuestión de magnetismo con el lector. Que éste encuentre el polo de atracción hacia lo escrito. Y ese polo puede ser la extensión de posibilidades comunicativas del lenguaje por aproximación de palabras, de sonidos (algo muy difícil de apreciar en una poesía traducida, por cierto) que propone Ashbery, pero puede ser también la imagen sencilla descrita con un lenguaje conciso. Hay una labor eternamente pendiente sobre la educación artística en los planes de estudio. El entrenamiento de la sensibilidad importa más bien poco en el pragmatismo social que nos rodea y, evidentemente, el poeta no puede escribir pensando en gustar. Tiene que escribir con su mirada genuina hacia el lenguaje, como lo haría quien pinta o quien fotografía hacia su materia sensible, pero obviar totalmente al lector puede dar lugar a la poesía escrita para nadie, o para sí y el aplauso del crítico, para Dios, como dice Vilas. Poesía triste al final no porque no se entiende, sino porque no se siente.

Hotel Filipinas

Para Luisa, in memoriam, recupero esta entrada de febrero de este año en el antiguo blog.

Se veía venir. La realidad se ha acabado adaptando a los resultados de las búsquedas de Google y lo que no sale o se va más allá de su página dos parece perder su condición existencial. Aun así insistí con el sitema tradicional, el 1.0, el preguntar directamente y ver la reacción en la persona interpelada: -¿Hotel Filipinas, por favor?- Silencio y miradas de extrañeza.

Di por buena entonces la confirmación de que ese hotel no existía como tal en Barcelona y que el nombre del lugar que me había propuesto debía de haber salido de algún cruce espontaneo de las innumerables informaciones anecdóticas que ella sabía referentes a la literatura. Aún así no fue difícil encontrarnos en aquella calle con salida a Las Ramblas.

Habíamos vestido el encuentro casi como una cita a ciegas. No hizo falta ni el clavel en la solapa ni el sombrero que yo le había prometido llevar. Ella tampoco traía el abrigo que me había descrito. Nos reconocimos al instante veinte años después. Supongo que a veces la vida teje con sus hilos extrañas redes y raras combinaciones que dan lugar a encuentros y despedidas de una forma aparentemente ajena a nosotros. Podría llamarse casualidad, pero no lo creo o prefiero no creerlo así. La casualidad no explicaría suficientemente por qué hace unas semanas comentaba alguna anécdota de ella (a ella la tengo presente frecuentemente, pero no suelo trasladar los motivos públicamente) y yo pensase que tenía que conseguir la manera de volver a encontrarla y ya me había hecho una lista de posibles contactos comunes. No fue necesario. A los pocos días tenía una notificación en el teléfono móvil con un mensaje: “Hola David, soy Luisa”. Luego supe los trayectos que llevaron al momento y no se si agradecí lo sufuciente a la interlocutora final ese regalo. Nos reencontramos. No quisimos la oscuridad de los reservados, perferimos la media luz de una cafetería para profesar nuestros delirios. Fue como si hubiese sido ayer, como si sólo hubiese transcurrido un día de millones de horas. Fue un contar de mucho tiempo. El hotel era el H1898, antigua sede de la Compañía General de Tabacos de Filipinas, donde Gil de Biedma había tenido su despacho y había creado un buen número de sus poemas. Entendí lo de Hotel Filipinas. Nos reímos.

Luisa había sido mi profesora de Literatura en el instituto durante tres cursos. La conocí cuando me florecían el acné y quince años por las hormonas. Era el año 1988 y yo llenaba mis cuadernos de garabatos y versos de una adolescencia incipiente y gustaba de ocupar siempre la última fila de cualquiera de las clases a las que asistía. Me bastó una de las suyas para que me arrastrara su pasión por la literatura y me borrara durante tres o cuatro horas a la semana el desencanto de una enseñanza encastada en la mecánica de la producción de sujetos competentes para la mediocridad. Recuerdo un par más de profesores interesantes: Carlos cabalgando la Historia contemporánea y Maribel, tan liviana ella, encantada en lo sensible de la Historia del Arte. Pero Luisa destilaba una pasión especial en sus clases. Podía llevar tus sentimientos a cada pasaje literiario. Podía hacerte reir a carcajadas con La Celestina, sacarte, con Lorca,  la pena negra que de algún u otro modo todos llevamos arraigada en los adentros, o despertar los sentidos y la piel al erotismo intrínseco en la poesía de Santa Teresa de Jesús. Podías hacerte grupie de Juan Ramón Jiménez, ella podía serlo. Lo suyo era llevar la literatura al terreno de la vida y hacerla útil. Hacerla imprescindible y necesaria como contrapeso a la absurdidad de tantos días. Me enseñó literatura y una forma de ver la vida. Afianzó mi amor a las letras. Aquellas clases eran pura poesía, un cuento de letras y sueños en un paraje de barrio dormitorio. Allí hacían mucha falta.

Fue a ella a quien le entregué mi primer poemario adolescente para que me diera su parecer y, aunque me cuesta reconocerme en esas páginas mecanografiadas, las guardo como un tesoro -ya amarillento- por los adornos de sus correcciones y sus impresiones en rojo. “¡Viva Don Quijote!” pone en una de ellas. Esa es su esencia, quijotesca, y así eran sus clases, andanzas y desvaríos por los caminos de la Literatura. Por eso cuando la vi cruzar la calle con un legajo de papeles bajo el brazo no pude, cuanto menos, sonreirme en la confirmación de que seguía siendo ella. Por dentro y por fuera, en su imagen inconfundible, su cabello siempre corto, su delgadez y sus pantalones. Y lo siguió siendo en la conversación que desparramamos por los cómodos asientos de la cafetería del que ya era “Hotel Filipinas”. Volver a saber de nuestras vidas, de nuestros trayectos, salpicados de viajes, de memoria, pero también de presente y mucho futuro. Impregnarme de una inteligencia y una vitalidad arrolladoras a la edad de comer sopas y jugar con los nietos, como ella dice, entre risas. Allí se dieron cita una legión de literatos, ideas revolucionarias, la música de Cohen, de Aute, la garganta seca. Los papeles que había traído eran unos poemas míos que le había enviado días antes de nuestra cita y sólo le falto darme algún papirotazo para decirme que publicara algo de una vez. No sé si se estará arrepintiendo. Le he pedido que me haga una selección de todo lo que le he enviado, que vuelva a hacer, como hizo tantos años atrás, sus anotaciones, comentarios, lo que no le gusta y lo que sí. Así que ahora no le va a quedar más remedio que ser una parte fundamental, también, en lo que espero que acabe siendo mi primer libro de poemas publicado como tal.

El Hotel Filipinas quedó lujosamente iluminado a nuestras espaldas. La humedad de Barcelona y la conversación larga habían hecho estragos en mi voz. Como buen ‘caballero de la triste figura’ la acompañé en mi destartalado carruaje hasta su casa. La tarde se había hecho noche y en el parabrisas quedó una sonrisa durante el camino de vuelta a casa que se repite en cada mensaje en el que me envía su parecer. La vida tiene suerte de contar con personas así. Y yo también.

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