Los defectos del afecto

Breve prebenda del autoempleo, una mañana libre y contraria a los horarios más abundantes. Un tren y la ciudad tienen la lentitud que declina por las terrazas repletas de rostros extranjeros. La agitación de sus viajes ahuyenta cualquier frío. Cada vez se parece más Barcelona a todas las ciudades que no conozco. Hoy, la temperatura y la luz la dejan al punto que recuerdo de San Petersburgo en L’agulla daurada de Montserrat Roig. Sobre el Passeig de Gràcia la perspectiva Nevski queda de maravilla, antes del asedio, antes de la nada. Aquí todo es exceso. Es curioso que me acuerde de esa novela que leí hace tantos años y de la crónica que hice como ejercicio para no sé qué asigantura. Qué más da. Lo que sí recuerdo perfectamente es el final de esa crónica: “… aprendieron a vivir de la nada. A amar del todo”.  Seguramente, hoy matizaría ese final de tener que volver a escribirla. Los años hacen eso, matizar casi todo, las fisuras de la piel lo primero, como insinuando que vivir es ir descubriendo los pliegues de las cosas, sin que ello signifique necesariamente descreer. Al contrario. Si he decidido acercarme al Palau Robert ha sido atraído por el título de la sexta edición del DOCfield Barcelona, festival de fotografía documental: Amor. Efectos del afecto. La organización resume la propesta del tema de la forma siguiente:

Queremos reflexionar sobre el amor –sin caer en su vertiente romántica más pura–  como excusa para explorar las relaciones y origen de los vínculos entre las personas, entre los individuos y las comunidades; el amor como condición y sus efectos y relación con ciertas problemáticas y conflictos sociales.

No quedan muchos días, pero, a quien le apetezca y no se haya acercado todavía a ver la muestra, se la recomendaría totalmente. Basta echar un vistazo al enlace que he dejado unas cuantas líneas más arriba para encontrar inspiración y motivación suficientes. Y por si fuera poco, además es gratis. Pura excitación para una sociedad que se complace en el precio más bajo de cualquier cosa. El no va más de los precios, su nada.

Me llamó la atención, sobre todo, la fotografía (después, tras investigación internáutica, la serie) con la que aunciaban el festival, extraída de Senior love triangle, un proyecto de la fotógrafa documental Isadora Kosofsky (no dejéis de visitar su página y sus proyectos). Con sorpresa me encuentro que esas imágenes están ubicadas en el jardín interior del Palau Robert, de libre acceso desde la calle y con cierto tránsito de personas. Algunas claramente han venido a ver la exposición. Otras, simplemente pasan, como si nada. Y me sorprende (y quizás no debiera) porque, aunque escribo esto en presente porque me viene bien, la visita tuvo lugar pocos días después de su inauguración y, por mucho que pudiera ser un trayecto habitual para esas personas, no sé, la novedad, el formato, la imagen… ¿De verdad no vale la pena pararse y mirar? Sigamos. El primer sentimiento que me viene es de padecimiento y tal vez de incomodidad. El primero porque el día anterior ha diluviado sobre Barcelona, sin embargo, la preparación mural de las imágenes debe de ser excelente, porque están magníficas a pesar de la intemperie. El segundo porque uno está acostumbrado a que las exposiciones sean en salas a resguardo en las que suele generarse (por iluminación, temperatura o por convención) un estado de cierta intimidad. Pero ese sentimiento no sólo ha desaparecido en muy poco tiempo, sino que me acaba pareciendo buena idea que estén ahí, donde están, a la vista de cualquiera, como tampoco se ocultan los protagonistas de la historia: Jeanie, Will y Adina, de 81, 84 y 90 años respectivamente.

Si algo hay que agradecer a la fotógrafa, sobre todo, es el tratamiento de la historia. Al final, por mucho que se clasifique de fotografía documental, no dejan de ser disparos a una visión subjetiva de un acontecimiento temporal, de un concepto, de una historia. Y en ésta era fácil caer en una sensiblería rala en torno al tramo final de unas vidas y una especie de comprensión conmiserativa hacia su relación a tres. Pero nada de eso hay allí. Y es una línea clara a no traspasar por la autora viendo otros proyectos de Kosofski. Quiero decir que hay suficiente distancia y ello no impide imágenes de una emoción brutal y no sólo en los momentos en que se abrazan a dúo o a trío o se besan, sino también en los momentos de conflicto, en una pasión que, lejos de buscar un ocaso tranquilo, busca sentirse viva y sin prejuicios, con todas las limitaciones del cuerpo a su edad, con la soledad y la tristeza, con la complejidad del amor compartido o expandido, del amor sin adjetivos.

No sé cuántas veces he paseado por los caminos del parque y me he detenido ante los paneles con las fotografías, descubriendo siempre algún elemento, algún gesto, alguna mirada desapercibida. Pero la mañana pasa y el DOCfield ocupa más salas y luego las obligaciones para con el hogar hacen que decida marcharme, no sin antes toparme con la verdadera razón de estas líneas.

Se debe de haber hecho la hora de algún recreo escolar que frecuenta el parque o tal vez sea alguna excursión, pero una parvada de criaturas en torno a los 6-7 años comienza a alborotar con bocadillos a la carrera por todos lados, un festín para palomas y gorriones, un coñazo para quien intenta disfrutar de una visita en calma. Definitivamente es hora de marchar. Al abordar la curva que lleva al edificio principal, un par de niños comentan que ‘qué asco’ ante la foto de un beso. No hay que dramatizar, son niños, y a cierta edad eso de las relaciones que comparten fluidos puede parecer algo asqueroso por mucho que luego se pueda compartir sin el menor repelús el helado de fresa, el refresco en lata o los mocos. ¿Hasta cuándo?¿Qué subyace ahí?¿El poso del tabú judeo cristiano?¿Por qué a estas harturas de mundo no existe en los planes de estudio oficiales una asignatura que aborde el amor desde edades bien tempranas si va a ser la competencia de más calado a la que se va a enfrentar un ser humano en su vida, o posiblemente la que va a dar más sentido al apelativo que acompaña a la palabra ‘ser’? La profesora, monitora, persona adulta en cualquier caso, que acompaña a los menores termina de arreglar el comentario frente a la fotografía en que se abrazan los tres protagonistas en un supermercado: ‘Són tres avis que són amics’…. Tres abuelos amigos, hay que joderse. Con una frase acaba de hacer lo que no ha conseguido la lluvia, estropear las imágenes. ¿Por qué los ancianos sólo pueden ser abuelos?¿Por qué se da por hecha sólo una lógica familiar?¿Por qué sólo pueden ser amigos?¿Por qué los niños tienen que ser considerados como unos estúpidos incapaces de hablar sobre lo que hay detrás de esa fotografía? Los niños huyen a perseguir palomas y yo hacia otra exposición mordiéndome los labios y pensando en la perpetuidad de las convenciones, de los prejuicios y en la frase que dice Will a la fotógrafa: ‘Nosotros no vivimos fuera de la ley, vivimos por encima de la ley’. Y hay tantas leyes no escritas… ¿Y quién puede dictar leyes en el amor?

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