Un poema muerto

A veces me da

por morirme un rato, no sé

si por salirme solo

del guión de la vida

o por la ilusión de que cumplo

su sentido último y material: tener

donde caerme muerto. No es

una petite morte

ni un trance ni una secuela

de romanticismo, de amor

no se muere nadie. Morirse

es un mal negocio

si estás vivo.

Morirse a ratos, ya ves,

un capricho, una licencia

poética que robé

de una academia de escritura

creativa. Estaban

los vigilantes echando

un descuido y su cigarro.

El tabaco mata,

lo pone en las cajetillas y el humo

produce poetas. Es una advertencia

que debieran incluir

junto a un pulmón negro,

junto a un corazón manchado.

Morirse no te iguala a nadie, te ven

venir con esa urna,

con esa caja, ese traje o el vestido

de una vida rebajada y no te dejan

pasar de los celestes

arrabales.

Lo he visto, he estado allí. Un rato

con las presentes ausencias

de mi vida.

Morirse te da fe en el aire,

en su energía que alberga todo

lo que quieras creer, la física

de la ilusión, el oxígeno

que respiras, morirse

te da la certeza de que el amor

sólo vive. Creo que sólo

muero a ratos por eso, por tentar

la piel y el pulso de lo que nunca

cuentan los epitafios.

 

 

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