Ordesa

Creo que en el fondo dudaba. Quería y no quería comenzar a leer Ordesa. Después de no haberlo hecho en casa aduciéndome falta de tiempo, me había propuesto comenzarlo aprovechando unos días de asueto en una salida a Madrid. Siempre que salgo de viaje tengo la necesidad de llevar conmigo más libros físicos de los que ni siquiera la versión más optimista de tiempo de lectura podría abarcar. Una mala costumbre que, sin embargo, me da una extraña paz en cualquier estancia lejos de casa. En el caso de Ordesa, además, el espacio no era un impedimento puesto que lo había adquirido en formato digital, que no es mi favorito, pero sí más práctico. Leo mucho en el móvil. Como tanta gente hoy ya. Había previsto algún trayecto en metro más o menos largo para hacer una primera lectura de las páginas iniciales. Eso siempre predispone o no para seguir pasándolas, las páginas. Había leído que Ordesa dolía y no estaba seguro de que me resultara la lectura más apetecible para emprender. Creo que en el fondo ese era el motivo de la duda y las excusas para no empezarla.

Pero tampoco comencé esa lectura en Madrid. Vivir de cotidiano a cierta distancia de la ciudad convierte los esporádicos viajes en metro en pequeños acontecimientos, algo cautivador incluso con los vagones repletos. Me distraje. Me pasa mucho. Soy una distracción que a veces piensa y actúa. Me distraje un día observando que en el vagón todos los seres de sexo masculino llevaban barba menos yo. Barbas clásicas del siglo pasado, barbas modernas cultivadas con esmero, barbas sutilmente descuidadas, mucho pelo en la cara por todas partes. Ninguna barba parecía revolucionaria. Sentí que el mimetismo social avanza a pasos agigantados y me vi por un momento como el útltimo hombre de la tierra sin barba (en edad de tenerla, se entiende). Me sentí feliz por ello. Esa felicidad idiota había empezado, sin saberlo, por la mañana al afeitarme y ahora se me mostraba en forma de cara rasurada contra la corriente barbuda dominante. No es que me crea un ser alternativo ni nada de eso, sólo soy un antro de influencias que mira con recelo algunas cosas. Seguro que soy mimético en otros muchos aspectos. Ya he dicho que leo mucho en el móvil. Como tanta gente hoy ya, por ejemplo. Tomé algunas notas sobre barbas, pero no empecé Ordesa.

Si explico esta irrelevancia es simplemente por establecer un paralelismo entre esa sinsustancia y las derivas aparentemente aleatorias que puede provocar en la mente la observación de la cotidianidad. Podría ser una aproximación al estilo narrativo del libro. Porque Ordesa me parece el mismísmo caos de la mente humana hecho texto. Son los pensamientos desordenados de una vida que podrían ser muchas vidas de una generación en España. Ordesa mira al pasado. Al mismo tiempo que miré yo al día siguiente en ese otro viaje en metro en el que también distraje el comienzo del libro con la conversación -no es que quisiera escucharla, es que hay personas que hablan muy alto- entre tres individuos. Curiosamente los tres llevaban barba también, pero ese día, aun en inferioridad, no estaba solo en el rasurado facial. Me distraje con la magia del acento sevillano de los tres. Aquellas voces parecían no provenir de aquellos cuerpos, eran lenguas prestadas, un doblaje perfecto e irreal. Pensé en lo que me fascina escuchar la melodía de los acentos en boca ajena y lo que me molesta escuchar el mío -catalán- en mí. Lo pensé precisamente porque la semana anterior había grabado un vídeo donde tenía que demostrar mi supuesta soltura en una materia ante un comité evaluador. Me vestí como para vender algo, me recordé a un yo pasado, no me pertenecía y aun así me esforcé en poner en práctica todas las técnicas aprendidas por otro yo aún más atávico en una antigua asignatura de televisión en la facultad de periodismo. El mismo curso y la misma asignatura en que me dijeron que no lo intentara por ahí, que me cuidara la voz y que probara en radio. En aquella época y aquella facultad la radio era algo menor, una rémora caduca. Hoy eso ya da igual. Televisión y radio son dos moribundas. El periodismo entero camina hacia la nada. Yo lo intuí y me anticipé. Me fui a trabajar a la nada del sistema de cajas de ahorro catalanas que ya ni existen. Pero allí estaba yo ante la cámara. Un cuarto de hora mirando directamente a los ojos de nadie, gesticulando para reforzar las ideas,  hablando como si supiera de qué. Lo parecía. Cuando vi la grabación volví a notarme el acento. Es algo de lo que no soy consciente cuando hablo o que mi consciencia intenta obviar, pero está ahí y sería inútil hacer esfuerzos por ocultarlo. Creo que en mí me molestaría cualquier acento porque el arraigo a los lugares es algo que no va conmigo. Si existiera ningún sitio como lugar tampoco me gustaría ser de ahí. Hay un peso social, un aprendizaje autómata que me molesta en mi acento, por eso no me gusta ni me gustó el video. Creo que el comité evaluador fue muy generoso con la nota. Ordesa también habla de arraigos y desarraigos, de moribundos con y sin trabajo, del desastroso sistema educativo público que nos vio crecer y hasta de la mismísima nada, por eso digo lo que digo. Creo que es muy difícil no mirarse el interior si lees Ordesa.

De la conversación entre los tres sevillanos me vinieron otros pensamientos que, de una u otra forma, también aparecen en Ordesa. Allí aparece la vida -con su muerte incluída, la muerte por todo el libro-, es fácil que quepa cualquier cosa. Es fácil encontrarse por lo menos en algún capítulo de ese libro. Iba a decir novela, pero no sé si se puede llamar novela. Creo que la frase con la que la promocionan, “esta historia te pertenece”, es muy acertada. Se está vendiendo bien a pesar de que se me antoja un libro nada fácil de digerir. Vilas debe de estar contento y yo me alegro por Vilas como me alegré de la alegría resacosa de los tres sevillanos con sus maletas de fin de semana camino de la estación de Atocha. Hablaban alto -ya lo he dicho-, había uno que se casaba a la semana siguiente. Ya debe de estar casado cuando escribo esto, de viaje, en las mieles de la luna en tierra o en el mar. Ahora se hacen muchos cruceros. No me gustan los cruceros. Dijeron su edad, 42 años. Pensé si sería su primera nupcia, por qué no. No existe ningún límite de edad para celebrarse el amor de la manera que a uno le plazca, incluso casándose. Tampoco sé si se hacen despedidas de solteros en las segundas nupcias. Es más, creía que nadie se despedía de la soltería ya porque nadie se casaba. Eso es del siglo pasado. Creo que no me despedí de nada ni nadie cuando me casé yo. Lo vi absurdo. No quería convertirme en otro ni mucho menos en mitad de otro. Pero pienso en los 42 años del muchacho y en los casi 45 míos y  en esa breve diferencia de edad cabe todo un universo de vidas alternativas mientras se me aparecen los venticinco años que se cumplen desde que conocí, me conoció y nos conocimos quien hoy es mi pareja y yo. Debiera decir empezamos a conocernos -nunca se acaba de conocer del todo a nadie-. Y veinticinco años son muchos si no son los primeros de edad que cumples. Son la mitad de su vida y algo más de la mitad de la mía y la vida, expuesta así, como una unidad fraccionable en dos, abisma. Después de esa unidad, de la vida, sólo está la energía del aire y lo que quieras creer. Yo creo en la energía del aire incluso durante la vida, porque cabe cualquier cosa y puede llegar a cualquier parte, es puro amor. Yo creo en el amor. Ordesa habla esencialmente “de la necesidad del amor y su extrema dificultad”. Esta última frase no es mía, la he leído en una de las mejores reseñas que he encontrado sobre el libro, es del profesor de Filosofía y Literatura Carlos Gorriarán:

Manuel Vilas ha escrito un libro sobre el amor torturado por la dificultad de comunicarse, como habría querido con su padre y madre, y luego con sus hijos. Ordesa muestra la insondable profundidad de sentimientos de soledad, tristeza, privación, desvalimiento y desdicha, de todo eso que nos hace tan vulnerables. Pero también son sentimientos que nos hacen tal como somos, no sólo a veces tristes cenizos y patéticos amantes no correspondidos, sino seres vivos con chispa, generosos, sensibles e imaginativos, activos y creativos aún viviendo a remolque de la experiencia y el presentimiento de la pérdida irreparable, de la devastación sin remedio que ha traído y traerá la muerte. Y, pese a todo, capaces de sentir, dar y recibir amor, pues en esa “ingravidez de su paso por el mundo”, insoportable y desarraigada, hay destellos de misterio, momentos de asombro, logros, pequeñas dosis de felicidad memorable. Pasar por toda esta perturbación es el precio que pagamos por el milagro de ser conscientes, y esta es una literatura perturbadora que te sumerge en ese aspecto de la conciencia.

Ordesa está atravesado por la ironía y el humor rayano en lo oscuro de Vilas. Ese que también está presente en su poesía. Y la poesía de Vilas la recomendaría y no la recomendaría. Hay poemas que me parecen excepcionales y memorables, poemas que no me gustan nada y cosas que no me parecen ni poesía. Pero yo no soy crítico. Sólo sé lo que me gusta y lo que no. Por eso escribo aquí. Hay gente que para aliviar sus disgustos se va a un gimnasio o se inventa deportes de aventura. Yo leo los poemas que no me gustan de Manuel Vilas. Todo es sufrimiento sanador al final. Si se está acostumbrado al lenguaje y al estilo de Vilas, seguramente el libro acabe sorprendiendo menos que si no se está, incluso parecerá que se asiste a cosas ya dichas y contradichas por él mismo muchas otras veces, pero nada de esto es impedimento para decir que Ordesa me parece uno de esos libros necesarios, con muchos momentos brillantes y del que no se sale indemne. De las relaciones que importan, de cualquier tipo, nunca se sale indemne porque ahondan en lo verdadero del ser. Y Ordesa deambula por ahí. También mira al presente y al futuro.

Además, desde un punto de vista práctico para los contenidos en redes sociales está lleno de frases perfectas para ser tuiteadas, por ejemplo. Es así. Creo que Vilas se está desaprovechando como ‘tuitstar’ para vender más libros. He descubierto que la aplicación Kindle tiene una función que se llama subrayados populares en que aparecen por defecto las coincidencias más comunes en los delirios subrayadores de los que mucha gente gusta. He desactivado esa función rápidamente, pero no sin antes comprobar que las primeras frases subrayadas aparecen en muchísimos tuits que me he encontrado estos días. No suelo subrayar apenas nada, no me gusta redirigirme la mirada sobre lo mismo, más bien tomo notas, pero por otro lado pienso que es una función la mar de práctica esta de los subrayados populares y que podía haber ahorrado mucho sufrimiento lector a lo largo de la historia. La verborrea del mundo también es escrita y está muy bien que algún robot haya pensado en qué pueda ser lo importante entre tanta tontería arrojada a los días en forma de palabras.

Es posible que esa inteligencia semiartificial no subrayara nada de este texto, pero me hubiera ido muy bien para un manual de cuatrocientas páginas traducido insufriblemente del inglés al español sudamericano sobre habilidades que nunca desarrollaré. Creo que al final han sido esas palabras tediosas las que me han impulsado a buscar una alternativa que compensara tanta vacuidad y he leído Ordesa cuando menos lo esperaba ni creía que pudiera hacerlo, en apenas cinco días. Hoy me ha reventado la acumulación de palabras por aquí sin ser muy consciente del todo si lo que acabo de escribir en estas líneas es lo que más define al libro o símplemente es parte de lo que me ha hecho sentir. Siento el exceso en cualquier caso. Espero incorporar un subrayador de ideas para próximas ocasiones, pero si alguna vez se cruzan con Ordesa y han nacido antes de 1975, denle una oportunidad y verán como ya se conocían de antes.

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