Revelar la memoria

Otra vez fotografía. Otra vez desde los contornos del frío. Otra vez una noticia al vuelo y a divagar sobre memorias y visiones, sobre lo que nunca llegaremos a conocer bien del otro por cercano que sea, sobre el talento que no vio la luz a tiempo o no la quiso ver. Tal vez también sobre la violación de la privacidad. Muchas cosas otra vez.

La noticia cuenta el hallazgo en 2017 de más de dos mil negativos de película fotográfica en un ático de San Petersburgo (antigua Leningrado) donde residió Masha Ivashintsova, ciudadana anónima y difunta en el año 2.000 de la que su hija, Asya Ivashintsova-Melkumyan, descubridora del material sensible y oculto, conoció su afición natural a la fotografía, pero nunca imaginó ni el volumen de sus disparos ni que éstos realmente se registraran sobre un negativo, mucho menos qué buscaba la mirada de su madre tras el visor de la cámara.

Seguramente hoy no resulta especialmente llamativo que, tirando de megapíxeles digitales, se alcancen los dos mil disparos en un lapso razonablemente reducido de tiempo y aquí estamos hablando de imágenes que fueron tomadas durante dos décadas, principalmente la de los 70 y la de los 80, eso sí, sobre pátinas de haluros y bromuros de plata impregnados en película plástica. Nada comparable.

Tras el descubrimiento, su hija decide -no sin recelos- comenzar a revelar los negativos y descubre una mirada desconocida para ella. Siempre supo del gusto de su madre por encuadrar instantes cotidianos, tomarle el pulso al latido de la ciudad, pero nunca imaginó una mirada tan singular hacia la vida. Y ciertamente lo es o a mí me lo parece cuanto menos. Más allá de la calidad técnica -de la cual no puedo opinar- son imágenes que consiguen transmitirme esa espontaneidad, esa belleza de las cosas que suceden en el vivir o sobrevivir de cada día y que tantas veces pasan desapercibidas, una idea, una búsqueda, un concepto. Se pueden ver algunas en una cuenta de instagram que supera a día de hoy los 18K de seguidores -eso tampoco es indicativo de nada en concreto más allá de que ha despertado interés curioso o nostálgico- y también en una página web abiertas ambas por su hija en un esfuerzo -dice- por lograr el reconocimiento que su madre merecía.

revelar la memoria 1

Dice también que la primera reacción fue de rechazo y tristeza por el recuerdo avivado de la madre diecisiete años después de su muerte, pero que poco a poco fue como ir descubriendo una parte de ella que nunca llegó a conocer. Achaca este desconocimiento parcial a que ella (su madre) nunca se consideró con talento para la fotografía y siempre la redujo a un pasatiempo -apenas reveló unos pocos negativos en su vida- con el que se divertía. Cómo saberlo ahora. Tal vez fuera así y nunca tuviera ganas o recursos o oportunidad o valentía para someter a juicio su trabajo fotográfico. Tal vez valga esa justificación desde la óptica de una época en que todo tiende a mostrarse, en la que todo tiene que ser publicado para que exista -¿o para sentir que existimos?- y no se concibe demasiado el hecho de que alguien guarde su pasión en un cajón porque considere que el deleite no está en el resultado sino en el acto creativo en sí. En el momento liberador y privado del hallazgo visual, de la lectura que toca las fibras y emociona, del ‘lo he visto y con eso me basta, ahí estaba mi felicidad momentánea, con eso me he olvidado del frío, del racionamiento, de las horas largas en los entrenamientos de bailarina que no llegué a ser del todo, de la grasa de los ascensores que también he reparado. Del no necesito revivirlo porque hay más instantes así y los buscaré distintos’.

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Puede que lo que acabo de decir sea una tontería incompatible con cualquier definición de arte, que lleva implícita su muestra para que pueda ser apreciado. Pero ¿y si no consideró esas imágenes como el arte que algún día sí le gustaría mostrar y simplemente eran ensayos, emociones a vuelapluma, recreo para la mirada? Dice -la hija- que siempre vio a su madre como un ser frágil y falto de una voz interior. Viendo las imágenes, a mí me parece -desde la creencia idiota de quien no conoce los hechos ni la vida privada y se atreve a opinar, está claro- que esa voz siempre estuvo en su forma de mirar y que posiblemente ese rechazo inicial hacia el hallazgo estuviera motivado por no haber podido o sabido verla durante tantos años. Largos tiempos en que se dan por sentados unos roles, unas funciones, unas rutinas que acaban por descartar capacidades y sensibilidades que ni siquiera nos preocupamos en explorar en seres que tenemos bien próximos. No es tan infrecuente y menos debió de serlo en la época de la URSS tan dada al gris mediocre en aras de un reparto “igualitario” y escaso, sin que eso sirva de guiño o simpatía hacia el sistema neoliberal que consigue el mismo efecto, pero con altas dosis de ilusión de libertad de elección. Sea como sea, el hecho de descubrir una faceta oculta de un ser querido debe de plantear una serie de interrogantes que no han de ser de fácil digestión, de si realmente llegamos a conocer del todo a quien tenemos más cerca, la pulsión que le mueve cuando cierra los ojos, cuando deja la mirada perdida y se marcha dejando el cuerpo en alguna tarea autómata o en una compañía anodina. De si no lo supimos ver porque lo ocultó a conciencia o porque ni siquiera nos llegamos a interesar de verdad.

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Todo esto me lleva a una reflexión final que no es nueva, pero que me ha vuelto a asaltar mirando estas fotografías: el derecho a la privacidad de la memoria de los que ya no están. Evidentemente soy uno de los voyeurs que ha disfrutado con la visión de estas imágenes que finalmente han visto la luz y no dudo del esfuerzo y las buenas intenciones de su hija a la hora de publicarlas. ¿Su madre pensaría lo mismo? Dice que sí, que estaría agradecida por todas las atenciones que finalmente está recibiendo su trabajo y si alguien puede decir eso hoy es ella. Pero a mí siempre me queda un resquicio para la duda. Si quiso mantenerlo en la oscuridad de un cajón en vida, por qué iba a querer que se vieran una vez muerta. Me pasa lo mismo con esas publicaciones que cada cierto tiempo se reeditan y que ahora parecen cobrar aún más interés para el público: los libros con diarios personales o correspondencia privada entre gente que se dedicó al mundo de las letras sobre todo, pero también a otros menesteres artísticos. Pienso por ejemplo en las cartas íntimas de Emily Dickinson o las de Sylvia Plath que tal vez ayuden a comprender una personalidad, pero hasta qué punto no se está profanando con su publicación esa voluntad de secreto, de relato íntimo, de necesidad de desahogo o liberación puntual con las que las concibieron sus autoras. Hasta qué punto nos acaba importando un carajo la voluntad de los que ya no pueden protestar a cambio de saciar curiosidades, redenciones -o ingresos por ventas también en algunos casos-.

Otra vez demasiadas cosas tal vez.

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