Cerrar los ojos

Abrid los ojos. Dicen los gurús de internet y las cosas volátiles que en cinco años -sólo cinco, oye, con suerte aún nos dará para ganarnos algunas arrugas más, pero así, a peso esencial, seguiremos siendo reconocibles para nuestros conocidos- el 90% del contenido que circulará por la red será en formato video y se consumirá en movilidad. Dicen que la verdadera revolución está viniendo y vendrá de la mano de eso que llaman internet de las cosas, pero sobre todo de la inteligencia artificial unida a la VR, la realidad virtual que ha de permitir vivirnos más allá de esta dimensión física con la que pisamos los suelos que nos sustentan, superar esa virtualidad que aún hoy miramos con cierto recelo o como algo secundario sin terminar de comprender que virtual puede ser no físico, pero sí es real. Que cuando esa virtualidad se aproxime a lo físico vamos a tener experiencias para gustos y colores. Y para niveles de renta también, a buen seguro. Visitar lugares remotos, museos, charlar con familiares o amigos en la distancia como en una cafetería o el salón de casa. Qué decir de un beso o de las experiencias sexuales a la carta. Todo estará en dónde se ubiquen los sensores y las representaciones que generen. Es una cuestión de inversión para su desarrollo y quien está invirtiendo tiene la sartén, la pasta y nuestros datos por el mango (un tal Zuckerberg quizá os suene). Más allá de las cuestiones éticas o de moralina que pueda suscitar el tema y que ahora mismo no me interesan en absoluto, quién se atreverá a decir entonces que todo eso no será real. Si mis terminaciones nerviosas dicen que eso que me eriza el vello es una caricia y en mis sofisticadas gafas hay, de soslayo, una mano que llega por la espalda y juega con la mía, ¿será una caricia? En sentido contrario, ¿habrá sesiones avanzadas de coaching para la gestión de los enemigos en redes sociales por si las peleas y los insultos de Twitter llegan a las manos, por ejemplo? ¿Botones para el control del daño?

Pero como pretendido hacedor de contenido escrito lo que realmente me plantea todo esto es dónde va a quedar la palabra impresa o digital en un mundo dominado por la imagen en movimiento y representaciones realistas de la realidad. Creo que puedo responderme e imaginarle un espacio cada vez más reducido. Y lo que más gravedad me suscita es el menoscabo al que también se puede acabar sometiendo a la abstracción que genera la lectura o los simples ojos cerrados dando protagonismo al resto de los sentidos. A la imaginación. Hoy, curiosamente, encontraba un artículo que habla de cómo la ‘dictadura’ digital está afectando también al predominio del hemisferio izquierdo del cerebro sobre el derecho, el que permite la comprensión global y nos conecta al mundo. Y en ese mundo cada vez más acelerado y multipantalla los reclamos visuales habrán de ser (están siendo) cada vez más intensos para que no decaiga la atención ni la posibilidad de compra. Desde hoy, por ejemplo, ya se puede comprar directamente desde Instagram en España y en Estados Unidos, Pinterest genera directamente con su botón de compra (aún no disponible en España) el 50% del comercio online. ¿Qué no pasará con las experiencias mucho más inmersivas de la VR adaptadas a nuestros gustos explorados y jaleados por los Big data?

No hace mucho una amiga me recomendó la película documental La teoría sueca del amor, impactante y de obligado visionado para quien quiera reflexionar sobre la plaga de soledad generada por la mayor idea de liberación individual de la historia. El documental muestra un movimiento de reacción a esa soledad cuando numerosos jóvenes huyen al campo o al bosque a simplemente disfrutar abrázándose, acariciándose, tocándose. Si me he acordado de esta buenísima recomendación es porque me ha hecho pensar, retomando el hilo del artículo (y no es que la soledad vaya a ser algo menor en este escenario) en que tal vez no sea casual el resurgir de experiencias como el Teatro Ciego de Buenos Aires al que acuden los espectadores buscando alivio al exceso de información visual, explorar las sensaciones en lo oscuro. Pequeñas dosis de resistencia incipiente.

Así que pensando pregrinamente en todo esto, y a modo de suplicio voluntario, dejo esta pequeña reivindicación en forma de poemas leídos -la palabra escrita la considero suficiente si llegó hasta aquí la lectura- sin ninguna imagen ni contexto. Los cinco últimos textos que he publicado en Instagram. Narración simple. Cerrar los ojos o no ya no depende de mí.

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