Elogio del frío

Fue hace unas semanas, quizá algún mes -el tiempo presente se me emborrona últimamente- cuando encontré en una publicación de Twitter la historia de Slava, el metereólogo ruso Viacheslav Korotki, quien realizó, durante trece años y hasta su cierre, las tareas de medición de temperaturas, lluvias y vientos en el puesto ártico de Jodovarija, justo en medio de la nada, a una hora de viaje en helicóptero del núcleo habitado más próximo.

Siento fascinación por los lugares de climas extremadamente fríos, sus espacios despoblados donde casi puedo sentir la agitación de la respiración ante las temperaturas que parecen sesgarla, la invitación a la introspección en medio de la magnitud del silencio, la densidad de las noches interminables, apreciar el calor corporal como un hogar en el que cobijarse, notar la piel en guardia sensible. Una belleza de tierra indómita que pone al ser humano en su medida primigenia, no muy diferente a la de las manadas de lobos que cruzan ese desierto blanco. Quizá sea porque nunca he tenido la oportunidad de visitar alguno de esos lugares más allá de mi imaginario y sentir sus rigores, no digamos vivir en ellos de forma continuada, pero a pequeña escala mediterránea puedo decir que encuentro un acomodo interior en los inviernos que nunca hallo en los veranos y que las imágenes que son capaces de captar esa épica gélida me sobrecogen y me emocionan con extraordinaria facilidad. Y las que acompañaban esa historia eran para dejarse llevar y encontrarse en medio de la península de Barents y estremecerse por un sentimiento de plenitud en una soledad elegida. No me costó nada postrar la mirada en las fotografías que Evgenia Arbugaeva, una joven fotógrafa nacida en Tiksi, en la zona ártica de Rusia, realizó para el diario estadounidense The New Yorker en The weather man. En el año 2015 Evgenia llegó cargada de agasajos pensando encontrar un viejo lobo huraño. Sus imágenes muestran que no era del todo así, que hay mucho más que eso tras la mirada y los espacios donde habitó Slava y lo hace con una sensibilidad excepcional para captar los elementos mínimos que ponen a trabajar a los sentidos y a la imaginación. La mía construyó una historia que atravesó la línea de mi asombro y mi curiosidad.

No pude dejar de indagar en la vida de Slava y en la fotografía de Arbugaeva. A Slava se le pierde la pista desde el mismo momento en que deja de ser noticia por esas fotografías y se quedó de nuevo a solas en su búnker cuya construcción databa de 1933. Fue finalmente cerrado y sustituido por una estación automática hace poco más de un año. De la fotógrafa me encandilaron sus series y dos de ellas especialmente, Tiksi y Forever beautiful.

Trece años viviendo en esas condiciones extremas, en ese aislamiento vital, en un proceso que debe asemejarse bastante a una aculturización o a un desaprendizaje social adquirido que a mí se me antoja cada vez más necesario. La vida de Slava podría ser el guión para una película que abordara aproximaciones más que interesantes hacia la condición humana, la propia existencia, las relaciones personales y la relación del ser humano con la naturaleza. Casado en la distancia, Slava cada vez fue soportando menos la vida urbana en las contadas ocasiones en que la frecuentaba. Me pregunto si hay amor capaz de atravesar ese abismo congelado incluso en la cercanía y sobrevivir. Tal vez el único amor que pueda hacerlo sea el amor a la libertad, porque, como la propia Arbugaeva declaró al diario estadounidense, la de Slava fue una decisión consciente, coherente con su actitud vital: “Fui con la idea de un ermitaño solitario que huyó del mundo por algún drama que vivió, pero no fue así. El hombre se pierde en la tundra, en las tormentas de nieve. Es como si él fuera el viento, o el propio tiempo”.

Puede que algún día encuentre algún libro, documental o película que narre en detalle o ponga ficción a la vida de Slava. ¿Qué será de él? Yo sólo he podido encajarlo perdiéndole el rastro en un poema de una serie todavía en construcción que quiere hablar del frío y de algunas de esas cuestiones que antes mencionaba.

Sigo sin noticias de Slava,

no contesta en el equipo de radio, ya

no escribe cartas

a veinte grados bajo cero.

Grados Celsius -aclaraba-,

para Farenheit

suma treintaidós

a nueve quintas partes de frío.

Todo puede matizarse con tiempo,

los tonos del blanco, los grados

de silencio, el murmullo

de las miradas. Tú, yo,

la existencia entera

puede laminarse hasta no ser

más que construcciones inestables

de palillos

en sus manos.

Caer

en otro día de tormenta y lobos

rondándome la carne, el tiempo

se ha muerto en esta estepa.

Viento norte, humedad

relativa en las entrañas, sigo

sin noticias de Slava.

Tengo que decírtelo o reviento,

me he bebido la aurora boreal entera

a tu salud, ya ves,

yo también te escribo

para encontrarme conmigo

a solas.

No me busques ahí cuando ya

no lo haga. Sigo sin noticias

de Slava.

Te mando un beso desesperado,

creo que no va a volver.

Su mujer tampoco

sabe nada.

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