El club de los poetas vivos (y II)

La segunda aportación que hago al concurso de poesía #elclubdelospoetasvivos es un trayecto febril y desértico.

Un día con fiebre iba

camino de la nada

en un deslumbrante

vehículo americano.

En América no tienes

problema para eso,

tampoco aquí. Hay nada

en cualquier parte,

por todos lados. Tantas veces

nada en las calles abarrotadas,

en los yermos arrabales,

nada en los ascensores,

en las oficinas, en los horarios,

en las miradas. Nada

en las carreteras que acaban

junto a la frontera. Nada

en las banderas.

En el centro del desierto

iba acelerando

hasta el límite mismo de una huida

en ese coche gigantesco,

treinta y nueve grados,

y mis veinte primeros años

desparramados por la piel blanca

de la tapicería,

mandando whatsapps al futuro,

desquitándose el agravio

de su analógica existencia.

Emoticonos enrojecidos

de mis cuarenta y largos contestan

con resignación y extrañeza,

cuarenta grados, derrapo.

Busco hielo en el mini bar

y el corazón me muestra

botellas mínimas

de un alcohol amargo

y alegre cuando pienso

en la vida deshecha en mercurio

por mis manos.

Exudo cuarentaiún grados,

resbala el cuerpo y comprendo

que no es grave la nostalgia

si entendiste la despedida.

A la hora de volver

todo es lengua trabada,

sombra descosida, un otoño

verdoso por el retrovisor

se asoma a tus ojos.

Bendigo el cambio automático,

bendigo ese paisaje

que no hace preguntas al llegar

a los treinta y seis grados,

al aire limpio, al hueco

para el beso

que se sacude la arena

y el reloj de los labios.

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El club de los poetas vivos (I)

Para todo, o mejor para todo lo que podamos abarcar en la vida, siempre habrá una primera vez. Para participar en un concurso de poesía también. Y ésta es la mía. Mi primera vez después de una afición de tantos años y mi aportación humilde a #elclubdelospoetasvivos.

Sentado en la terraza

de uno de esos bares que un día

tuvieron poesía en las paredes y hoy sólo

tienen el lustre decorado de un verso

que no grita ni duele, sólo susurra

como se tararea en la ducha para bailar

con el silencio de la desnudez.

Pienso en esas cosas esperando la bebida

bajo el sol del universo que ilumina y ensombrece

a los transeúntes

y pienso en ellos

bajo una ducha de luz clamorosa,

desnudos, silbando un himno revolucionario

que componen mientras bailan

y aman todas las cosas que pisan.

Todas las cosas que sienten

y todas las cosas que odian.

Aman las hipotecas y los alquileres

y los precios por las nubes,

las horas extraordinarias en el trabajo

que nunca se pagan porque el oro

no detiene el tiempo que también aman

en esos relojes caros. Un perfecto

acto de amor es esa luz sobre mí mismo,

que quiero amar al camarero

en el mismo instante en que aparece

con la bandeja que es oro irradiado,

la bebida y la cuenta.

A quién le importa el dinero

habiendo ahí mismo la luz precisa

que crea y extingue el mundo.

Cinco euros y una cerveza caliente

por el placer de mirar a los ojos paganos

del dios de los poetas.

Y nadie me creerá porque no tenía

ni una cámara ni un móvil barato

ni cinco euros ni ropa ni cuerpo,

pero pienso en esa luz

constantemente

cuando derramo las palabras por lo oscuro,

cuando sangro los espacios

de tu soledad y la mía, cuando promulgo

la desnudez como arma, la coronación

carnal de los labios.

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