Hotel Filipinas

Para Luisa, in memoriam, recupero esta entrada de febrero de este año en el antiguo blog.

Se veía venir. La realidad se ha acabado adaptando a los resultados de las búsquedas de Google y lo que no sale o se va más allá de su página dos parece perder su condición existencial. Aun así insistí con el sitema tradicional, el 1.0, el preguntar directamente y ver la reacción en la persona interpelada: -¿Hotel Filipinas, por favor?- Silencio y miradas de extrañeza.

Di por buena entonces la confirmación de que ese hotel no existía como tal en Barcelona y que el nombre del lugar que me había propuesto debía de haber salido de algún cruce espontaneo de las innumerables informaciones anecdóticas que ella sabía referentes a la literatura. Aún así no fue difícil encontrarnos en aquella calle con salida a Las Ramblas.

Habíamos vestido el encuentro casi como una cita a ciegas. No hizo falta ni el clavel en la solapa ni el sombrero que yo le había prometido llevar. Ella tampoco traía el abrigo que me había descrito. Nos reconocimos al instante veinte años después. Supongo que a veces la vida teje con sus hilos extrañas redes y raras combinaciones que dan lugar a encuentros y despedidas de una forma aparentemente ajena a nosotros. Podría llamarse casualidad, pero no lo creo o prefiero no creerlo así. La casualidad no explicaría suficientemente por qué hace unas semanas comentaba alguna anécdota de ella (a ella la tengo presente frecuentemente, pero no suelo trasladar los motivos públicamente) y yo pensase que tenía que conseguir la manera de volver a encontrarla y ya me había hecho una lista de posibles contactos comunes. No fue necesario. A los pocos días tenía una notificación en el teléfono móvil con un mensaje: “Hola David, soy Luisa”. Luego supe los trayectos que llevaron al momento y no se si agradecí lo sufuciente a la interlocutora final ese regalo. Nos reencontramos. No quisimos la oscuridad de los reservados, perferimos la media luz de una cafetería para profesar nuestros delirios. Fue como si hubiese sido ayer, como si sólo hubiese transcurrido un día de millones de horas. Fue un contar de mucho tiempo. El hotel era el H1898, antigua sede de la Compañía General de Tabacos de Filipinas, donde Gil de Biedma había tenido su despacho y había creado un buen número de sus poemas. Entendí lo de Hotel Filipinas. Nos reímos.

Luisa había sido mi profesora de Literatura en el instituto durante tres cursos. La conocí cuando me florecían el acné y quince años por las hormonas. Era el año 1988 y yo llenaba mis cuadernos de garabatos y versos de una adolescencia incipiente y gustaba de ocupar siempre la última fila de cualquiera de las clases a las que asistía. Me bastó una de las suyas para que me arrastrara su pasión por la literatura y me borrara durante tres o cuatro horas a la semana el desencanto de una enseñanza encastada en la mecánica de la producción de sujetos competentes para la mediocridad. Recuerdo un par más de profesores interesantes: Carlos cabalgando la Historia contemporánea y Maribel, tan liviana ella, encantada en lo sensible de la Historia del Arte. Pero Luisa destilaba una pasión especial en sus clases. Podía llevar tus sentimientos a cada pasaje literiario. Podía hacerte reir a carcajadas con La Celestina, sacarte, con Lorca,  la pena negra que de algún u otro modo todos llevamos arraigada en los adentros, o despertar los sentidos y la piel al erotismo intrínseco en la poesía de Santa Teresa de Jesús. Podías hacerte grupie de Juan Ramón Jiménez, ella podía serlo. Lo suyo era llevar la literatura al terreno de la vida y hacerla útil. Hacerla imprescindible y necesaria como contrapeso a la absurdidad de tantos días. Me enseñó literatura y una forma de ver la vida. Afianzó mi amor a las letras. Aquellas clases eran pura poesía, un cuento de letras y sueños en un paraje de barrio dormitorio. Allí hacían mucha falta.

Fue a ella a quien le entregué mi primer poemario adolescente para que me diera su parecer y, aunque me cuesta reconocerme en esas páginas mecanografiadas, las guardo como un tesoro -ya amarillento- por los adornos de sus correcciones y sus impresiones en rojo. “¡Viva Don Quijote!” pone en una de ellas. Esa es su esencia, quijotesca, y así eran sus clases, andanzas y desvaríos por los caminos de la Literatura. Por eso cuando la vi cruzar la calle con un legajo de papeles bajo el brazo no pude, cuanto menos, sonreirme en la confirmación de que seguía siendo ella. Por dentro y por fuera, en su imagen inconfundible, su cabello siempre corto, su delgadez y sus pantalones. Y lo siguió siendo en la conversación que desparramamos por los cómodos asientos de la cafetería del que ya era “Hotel Filipinas”. Volver a saber de nuestras vidas, de nuestros trayectos, salpicados de viajes, de memoria, pero también de presente y mucho futuro. Impregnarme de una inteligencia y una vitalidad arrolladoras a la edad de comer sopas y jugar con los nietos, como ella dice, entre risas. Allí se dieron cita una legión de literatos, ideas revolucionarias, la música de Cohen, de Aute, la garganta seca. Los papeles que había traído eran unos poemas míos que le había enviado días antes de nuestra cita y sólo le falto darme algún papirotazo para decirme que publicara algo de una vez. No sé si se estará arrepintiendo. Le he pedido que me haga una selección de todo lo que le he enviado, que vuelva a hacer, como hizo tantos años atrás, sus anotaciones, comentarios, lo que no le gusta y lo que sí. Así que ahora no le va a quedar más remedio que ser una parte fundamental, también, en lo que espero que acabe siendo mi primer libro de poemas publicado como tal.

El Hotel Filipinas quedó lujosamente iluminado a nuestras espaldas. La humedad de Barcelona y la conversación larga habían hecho estragos en mi voz. Como buen ‘caballero de la triste figura’ la acompañé en mi destartalado carruaje hasta su casa. La tarde se había hecho noche y en el parabrisas quedó una sonrisa durante el camino de vuelta a casa que se repite en cada mensaje en el que me envía su parecer. La vida tiene suerte de contar con personas así. Y yo también.

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