Tu nombre

Nunca supe, a ciencia cierta, tu nombre. Nunca me importó. Lo imaginé tantas veces escrito en algún papel, tantas veces y tan diferente. Con las caligrafías distintas de distintas manos que probaron suerte en tu enigmático acertijo. Lo imaginé tantas veces escrito como tantas veces errado y corregido, a la manera que quedan impresos los borrones de tinta china, formando caprichosas siluetas que juegan con los tonos de un azul que sugiere un cielo amenazante de tormenta. O debiera decir un cielo atormentado en su sentido liberatorio, el que es capaz de expresar, de rugir, de llorar arreciando y dejando su impronta. Nunca me importó. Más bien me gustaba sentirte ajena, libre de cualquier atadura, también de la de un nombre que sin querer te hubiese marcado en grafías y signos manidos, que te hubiesen hecho a ese corsé lineal de orígen bíblico o hebreo o vikingo. Con la carga de una historia que te lastraría en mi pensamiento. Pensé que no merecías esa carga, que estabas bien así, liviana, ignota y emborronada sobre un papel hecho lienzo y que el cielo fuese tu nombre.

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