Posibilidades

Antes se solían ver en las viviendas con reformas pendientes desde hacía bastantes años. Se anunciaban en pequeños folletos pegados a traición en cualquier esquina, farola o poste de semáforo por la inmobiliaria o particular de turno. Allí se prometían muchas junto a frases como “ideal parejas” u “ocasión”. Normalmente precedían a una desencantadora visita a una vivienda de aromas rancios en la que imaginarlas era misión casi imposible y sólo la ilusión irreductible de los futuros moradores era capaz de hacerla fetén. Ahora escasean las ventas y, por tanto, las compras de viviendas y de otras muchas cosas y la apatía se ha apoderado de ellas como lo ha hecho de nuestro espíritu. Los matemáticos se empeñaron en contarlas, las incorporaron a la estadística numérica y las convirtieron en probabilidades.
Gracias a los gurús de una economía a medida de la casta dominante ahora sabemos que ellas, las posibilidades, también son responsables de las atroces consecuencias en las que desemboca una crisis que, como todo el mundo sabe, han traído nuestra escasa afición al trabajo y nuestro gusto por los cafés de media mañana. Y nuestro desmesurado gusto por el crédito que hemos usado a pesar de la generosidad empresarial que se empeñaba en aumentar nuestra renta día a día.
El diccionario asesta un duro golpe al imaginario cuando la misma palabra de la que emana la libertad irredenta sirve para medir la hacienda y el patrimonio de las personas. No es casual. Es triste. Y tiene que ver con el conocido tanto tienes, tanto vales… Tanto puedes, habría que añadir.
Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, nos dicen, nos repiten. ¿Y quién las conoce?¿Y quién las determina? ¿Quién elige a los posibilitadores? Limitarse a las posibilidades económicas es seguir el mezquino juego que se retroalimenta en nuestro ahogo por mucho que se empeñen en mostrarlo como el único camino posible y probable, plausible. Yo prefiero quedarme con la acepción de las viviendas en ruinas, de los campos por cultivar, del lienzo o del papel en blanco, de la paz que empieza por la que habita en uno mismo y se extiende en una mancha de convivencia tolerante y cívica. Yo me quedo con la posibilidad que se deshace en sonrisas y en espíritu hacia un mundo más justo sin poner en riesgo a desconocidas primas que tanto parecen importar. Me quedo con el idealismo que sale de su nube para plantarse en tierra en forma de democracia verdadera y en convencimiento que hoy, más que nunca, podemos.

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