En cargo y descargo

Lo confieso. Yo también he descargado música, películas y hasta libros de forma ilegal desde internet. Yo también he pirateado. Por eso leí con atención la noticia de la llegada de la tienda virtual de Amazon al mercado español. No recuerdo qué medio era, uno digital de los que consulto habitualmente. Me fijé en él porque el autor, con un punto de entusiasmo, veía en este hecho una especie de revolución que había de hacer más económico el acceso a los contenidos y paliar las descargas ilegales de todo tipo de contenidos – tengo que decir que tras echar una ojeada a la web todavía no sé qué aporta de diferente a otras tiendas ya existentes-. Lo cierto es que en un punto de la noticia se hacía mención a los brutales niveles de piratería españoles que se justificaban, se podían entender,  por la escasa tradición de pagar por la cultura del homo ibericus, quien parece padecer una predisposición genética al acopio de la propiedad intelectual ajena a hurtadillas, a la manera picaresca que describió el Lazarillo de Tormes hace ya unos cuantos siglos, sólo que a éste le iba el alimento y por tanto la vida en ello. Hoy el botijo es internet, la pajita son los emules, bittorrents y demás y el vino es la amalgama de imágenes, sonidos y texto que queremos poseer sin que nos vaya en ello nada existencial. Este determinismo mendeliano, esta disfunción evolutiva del homo ibericus que, dicen, no se da en el resto de Europa debió ser lo que propició tremenda algarabía cuando hace unos meses la conocida como “ley antidescargas o ley Sinde” no salió adelante en votación parlamentaria para regocijo de unos y lamento de otros. Lo vuelvo a confesar, en algunas ocasiones he pirateado, pertenezco a esa variante del homo más o menos sapiens que ha probado las mieles de escuchar música gratis o ver una película de estreno sin pagar, incluso leer algún libro. En mi descargo tengo que decir que si el disco me gusta y merece la pena lo acabo comprando. Creo que es justo. La verdad es que hace tiempo que no descargo nada. Me da pereza tener que clasificar unos archivos que en el noventa por ciento de los casos no volveré a utilizar y acabarán siendo borrados. Entonces reflexiono sobre la necesidad de las descargas… Cientos, miles, discos duros rebosantes de archivos. Diez mil canciones, cinco mil películas… Posiblemente no habría tiempo material en una vida humana para ver o escuchar todo esto, pero seguimos descargando. Es el placer de almacenar por almacenar. Supongo que algún día encontraré algún artículo sesudo lleno de datos sobre la cantidad de energía y espacio virtual malgastado en estas operaciones, pero de momento a mí se me antoja excesivo. El argumento de una cultura (entendiendo como tal la acepción más amplia y generosa de la misma) accesible para todos no me sirve para justificar el pirateo masivo. Existen las bibliotecas que hoy en día son auténticos centros de préstamo cultural multimedia y gratuito, pero apostaría a que las más optimisitas estadísitcas de visitantes-usuarios se desmoronarían ante el número de usuarios descargantes.
Tampoco me sirve el argumento de que la creatividad y el talento artísiticos están en riesgo o la visión puramente económica de las pérdidas de las editoras o discográficas. El talento está por encima de los intereses económicos y merece protección. Siempre lo ha habido y siempre lo habrá: la invención, la creatividad es inherente a la expresión humana, es así desde las pinturas rupestres, pero nunca fueron los artistas una clase acomodada en la pecunia. No tanto como en los días que corren en que nos basta muy poco para endiosar y mitificar a alguien. Las pérdidas empresariales se tendrían que relativizar mucho, puesto que muchas de estas descargas que ni siquiera se usan tampoco serían compradas en el mercado “legal”. Actualmente una obra que se descarga masivamente tiene un reclamo publicitario de primer orden que otras no tienen y sirven para posibles compras. Es publicidad añadida (y gratuita, mira por dónde).
Como en tantos otros ámbitos de la sociedad sería deseable un acto de raciocinio por todas las partes. Un precio justo por los productos “culturales” que pudieran ser evaluados antes de comprar (versiones de evaluación de un disco, libro…) que dieran al consumidor la opción de adquirirlo sabiendo realmente lo que compra y habiendo podido juzgar su calidad. Por otro lado, los internautas con tendencias lazarillescas tendrían (tendríamos) que tomar conciencia que, mientras nos rijamos por un sistema capitalista, el acceso a cualquier tipo de propiedad cuesta dinero. Y la cultural es una de ellas. Es un bien surgido de una idea inmaterial, pero una vez transformado en materia, amigo mío, no es diferente en sustancia (sí en esencia) al vehículo, vivienda, teléfono móvil o cualquier otro artilugio que nos molestaría mucho que nos quitasen porque lo consideramos nuestro. Ni el acceso a la cultura ni la ruina de la industria cultural estarían en juego si fuesemos capaces de seleccionar qué cultura necesitamos comprar y qué estamos dispuestos a pagar por ella, con criterio. La que queramos disfrutar en préstamo la podemos encontrar en alguna biblioteca o en el antiguo y conocido préstamo entre amigos. El día que el homo ibericus lazarillensis y el homo avariciosus mundialis evolucionen a sapiens verdaderus nos ira un poco mejor a todos. Aunque ese día, lo confieso, lo vea quimérico y lejano.

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