Sobre la provisionalidad

Siete de la mañana. La habitación del hotel queda a cobijo del Enero frío que discurre tras la ventana. En realidad todas las habitaciones de hotel tienen para mí un aire de atemporalidad. Tal vez porque no las frecuente en demasía y cuando lo hago es a modo de huida de la rutina diaria. Supongo que habrá quien vea en los hoteles precisamente esta rutina,  pero yo encuentro en ellos los oasis de tiempo necesarios para el sosiego y la asimilación de la vida misma. Tengo por costumbre levantarme a horas tempranas, indecentes, según mi mujer, pero son los momentos en que las neuronas que viajan conmigo se mueven con más brío.
No quería hablar de hoteles, ni de rutinas ni siquiera de mis costumbres. Simplemente quería decir que somos poco más que aves de paso en el tiempo. Decir esto no es mucho y seguro que no aporta nada nuevo al conocimiento común de la humanidad (si es que éste existe). Lo que ocurre es que paseando por lo que hoy es una vía verde turística en Les Planes d’Hostolés uno siente todo el peso de la provisionalidad humana.
Este camino, otrora vía férrea, conocido como la ruta del carrilet se presenta a esta hora cubierto de una escarcha que cruje bajo el andar entumecido de mis pies y presenta, congelados, vestigios de lo que fue hace poco más de sesenta años: restos de tendidos eléctricos, catenarias, estaciones y los siempre impredecibles túneles. Al caminar no puedo dejar de pensar en que, posiblemente, nadie llegó a prever el uso que hoy tiene esta vía. Imagino ingenieros, planos, proyectos. Imagino obreros. Trasiego de viajeros y mercancías. El progreso de otro tiempo que hoy nos parece obsoleto. Soy un nostálgico. Lo sé. Por eso me asalta un punto de añoranza por la pérdida de estos trenes. Me encantan los trenes, viajar en ellos y verlos pasar, hasta me encandilan las maquetas a escala en las que las miniaturas se mueven entre la recreación de un paisaje minúsculo y perfecto. Pero no puedo dejar de pensar en las obras faraónicas que salpican los caminos en aras de un futuro que se nos antoja irreversible. También debieron pensar lo mismo los ingenieros, los obreros y los viajeros que proyectaron, construyeron y recorrieron este camino que ahora piso, silencioso, helado, sereno, tan diferente a lo que fue no hace tantos años. No puedo dejar de pensar en los trenes de velocidad desmesurada, autopistas y otras infraestructuras, banderas del supuesto progreso de nuestros días y si en un tiempo no demasiado excesivo nuestra capacidad para reinventarnos devolverá la medida humana a estos caminos, provisionales, como nosotros mismos.

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